Etiquetas

Para ser políticamente correcto, hace falta ser etnomasoquista.

— Guillaume Faye.

Haciendo un análisis breve, sin tantos aspavientos y bastante objetivo, podremos reconocer que los grandes héroes y guerreros de la Historia han sido, directa o indirectamente, asesinos. Siendo reconocidos por matar a un conocido enemigo o tirano, es decir, detener definitivamente una amenaza personificada, o por eliminar a muchos integrantes del bando contrario, los héroes y guerreros han sido justificados históricamente en su actuar debido a su lealtad a una causa, su causa colectiva. Es así como, poniendo un ejemplo, si Juanito mató a mil de sus/nuestros enemigos y estamos vivos o somos libres gracias a eso, entonces lo aclamamos. Liberados de cierta trampa sentimental, no reconocemos en la vida humana en sí un valor innato, una proyección de derechos universales que, en el fondo, son una manera elegante de decir que todos somos maravillosos por el solo hecho de haber sido paridos en este mundo.

Si entendemos la lealtad como un compromiso con los valores e intereses del grupo, entonces los grupos que consideramos como amenazas pueden irse a la mierda por lo que a nosotros respecta, porque nuestras preocupaciones y esfuerzos estarán volcados hacia dentro, para con los miembros de nuestro grupo. La cuestión es sencilla: si se tratara de elegir entre nosotros y ellos, sólo un masoquista elegiría preferir al bando contrario, al bando que posee valores e intereses y objetivos que, en una situación dada, atentan contra nuestra existencia.

El masoquismo que está experimentando Occidente hoy es lo que se denomina etnomasoquismo.

Basta echar una mirada en las redes sociales para ver los muros llenos de shares de consejos de mierda y frases motivacionales que llaman a la unión fraternal de toda la humanidad, a salvar a un país que nadie nunca supo antes que existía, a escuchar la sabiduría del Dalai Lama, de Osho, de Jesús y de cuanto usuario de sandalias haya existido o no existido en la Historia. Se nos fuerza a llorar por refugiados, a acongojarnos por el sufrimiento ajeno y a sentir lástima por quienes no tenemos ninguna certeza que también sufrirían por nosotros. Cosa difícil, porque el etnomasoquismo parece estar de moda entre los pueblos blancos o que viven bajo su cultura, nunca entre los no blancos. Lo más probable es que nadie sufriría por nosotros, y me parece perfectamente bien por ellos, porque saben que su lealtad no puede estar con un ajeno, y sufrir por un externo (una combinación tóxica de etnomasoquismo y xenofilia) es veneno para el espíritu, que contaminándose de compasión (real o aparentada) logrará cualquier cosa exceptuando la supervivencia grupal, que es el objetivo de la lealtad para con el grupo.

Admirando a asesinos – los que, cuando lo hacen por lealtad al grupo, se tornan en personajes y gestas admirables, y cómo no, si lo hicieron por compromiso con el grupo, nuestro grupo – los pueblos han tenido claro por miles de años que la supervivencia y la libertad están ubicadas en posiciones de alto valor, por lo que estos personajes no deben ser olvidados. De esta manera, se han perpetuado las memorias de éstos, sea mediante la narrativa, canciones, pinturas y monumentos.

Hoy, los monumentos que florecen por todas las ciudades de Occidente son un claro indicador de lo que Occidente tiene como el valor más alto, lo que más admira: monumentos a víctimas. Y no son monumentos a quienes cayeron en alguna acción, sino que, por lo general, son monumentos a personas que murieron de forma incidental, bajas civiles, el tipo que estaba mirando cuando cayó un misil a su lado, la señora que paseaba al perrito, etc. Se homenajea a víctimas una y otra vez, y se celebra el estilo de vida pasivo, no-violento y absolutamente casual que conduce a nacer y vivir a la deriva, sin rumbo. Se condenan las acciones radicales/terroristas top-down (bombardeos estadounidenses y rusos) y bottom-up (ISIS, Talibán, CNA, etc.), y se aplauden iniciativas como el Live Aid.

George Orwell, haciendo referencia a lo que sería el futuro, invitaba a imaginar “una bota aplastando un rostro humano incesantemente”. Así serán las estatuas del futuro: nuestros rostros aplastados por la botas de los pueblos que no estaban enfermos de etnomasoquismo ni xenofilia, y que sobrevivieron y fueron libres porque comprendían que todo el resto podía irse a la mierda ya que la lealtad es con el propio grupo. Con nadie más.

Anuncios