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“Åsgårdsreien” (1872), Peter Nicolai Arbo.

Con o sin un arma, en la caza, regreso a las fuentes que no puedo prescindir: el bosque encantado, el silencio, el misterio de la sangre salvaje, la antigua camaradería del clan. Para mí, la caza no es un deporte. Es un ritual necesario en el cual cada participante, predador o presa, juega el rol asignado a él por su naturaleza. Junto con el nacimiento, la muerte y la reproducción, creo que la caza, si está ejecutada según las normas correctas, es el último rito primordial que ha evadido parcialmente las desfiguraciones y mortales manipulaciones de la modernidad.” — Dominique Venner.

Como ya vimos en artículos anteriores, el cuerpo humano requiere de la carne para obtener la proteína y grasa necesarias para una vida saludable, es decir, una vida en sintonía con las necesidades de adaptación al medio. Hoy en día, gran parte de esa necesidad puede ser satisfecha a través de vías civilizadas con una importante reducción de la complejidad en la tarea de hacerse con un pedazo de carne: pasillos completos de supermercados y negocios están atiborrados de carnes de distintos orígenes y de distintos cortes, para lo cual basta sólo tener un poco de dinero para la obtención de cada trozo.

Ahora bien, tras cada pedazo de carne “civilizado” hay un trasfondo, un relato de millones de animales criados en densidades óptimas para el máximo aprovechamiento del espacio, de masas vivientes en condiciones totalmente ajenas a su entorno natural, y cuya vida se asemeja bastante a la de un ser humano moderno: vivir enjaulado, comer, engordar, y luego ser sacrificado. Si aplicáramos el viejo dicho de que “eres lo que comes”, no es de extrañar que Occidente sea un rebaño pacífico, manso, sedentario e indefenso.

En todos los confines del globo, la forma más antigua de hacerse con proteínas animales ha sido la caza, que básicamente es la captura de algún animal. Originalmente una estrategia de supervivencia, a través de la Historia ha evolucionado hacia otras vías, aunque su esencia primordial es la de que aportar vida a través de la muerte.

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Cazar alguna forma de vida es también matar algún juicio preexistente dentro del ser humano. La primera vez que ocurre, no sólo se mata al animal que se está cruzando frente a la línea de tiempo individual (i.e., la vida), sino que además se cruza esa línea moral que se había trazado entre matar y no matar. Se va un paso más allá, y, con ello, la idea de lo bueno y lo malo también va más allá. Prácticamente toda vida se alimenta de una muerte, pues cada comida es un sacrificio de otra forma de vida. Lo que se descompone para que una planta pueda obtener sus nutrientes, alguna vez fue un ser radiante y viviente, tal como un ser humano exitoso y famoso puede estar vivo y radiante hoy, para mañana ser abono para plantas.

La línea de tiempo de un individuo se alimenta de la línea de tiempo de otros. Se corta una línea de tiempo para que otra línea de tiempo pueda alargarse. Y si no la corta el propio individuo, le pagará a alguien para que lo haga: como somos plantas, no conseguiremos sobrevivir si nos arrojamos al suelo y tratamos de chupar materia inorgánica para realizar nuestros procesos vitales. Lo que hacemos el ser humano que cree ser civilizado es sencillamente pagar para que alguien le ahorre el enfrentarse con un dilema moral antes de cada comida. Esto no significa que si matamos nosotros mismos lo que nos comeremos, tendremos dilemas morales cada vez que lo hagamos, pero dentro de nuestra zona segura civilizada creemos que será algo atroz en todas y cada una de las oportunidades en que lo hagamos.

Matar algo es encarar la realidad, mirar las cosas como son y presenciar cómo los amados prejuicios de hombre moderno se hacen pedazos bajo la arrolladora honestidad del mundo real. Regularmente, a la gente se le hace más comprensible el matar una zanahoria que matar a un animal, y esto se debe a un egoísmo puro: no se ven reflejados en una zanahoria. Lo que impide muchas veces que un humano “civilizado” acabe con la vida de un animal es que ve en el animal un cierto parecido al ser humano. Respira, se mueve, tiene crías, siente dolor. Algunos incluso dirá que aman y sienten tristeza como nosotros, pero todo se reduce a humanizar a los animales. Quizás, si las zanahorias tuvieran pestañas y hablaran, sería moralmente terrible para algunos siquiera pensar en cosecharlas y luego de eso, echarlas a una olla con agua hirviendo. O, peor aún, echárselas a la boca de inmediato. Tendemos a hacer complejas diferencias cualitativas con los seres vivos, basándonos en nuestros prejuicios (“este ser no siente dolor porque carece de terminales nerviosos”, “este otro ser siente dolor pero no siente amor”, “este ser de aquí tiene consciencia”, “este ser de allá sabe cuando lo van a matar”, etc.), cuando la verdad es simple y dicotómica: tiene vida/no tiene vida. Que sientan dolor, que sientan amor, que sean conscientes o que sepan cuando van a morir se hace insignificante pues igualmente van a morir. Justificar es engañar la mente.

Muchos dirán que sobrevivir no es una justificación para matar, puesto que comprar comida es fácil y no es necesario matar nada, pero no reconocen que, directa o indirectamente, están matando. Para que un humano coma, algo debe morir. La caza es un ritual, pues el hombre elige ser protagonista activo del drama cósmico de la vida y la muerte, y no un mero pedazo de carne alimentado para servir a los métodos de producción. El ritual libera al hombre de su dependencia de la sociedad industrial, sencillamente porque entra en consciencia de sus capacidades en medio del caos, en medio de la guerra de todos contra todos.

El llamado de la Cacería Salvaje es un presagio terrible, y tiene que serlo, pues su llamado es aquél que pertenece a los aspectos negativos/oscuros de la Naturaleza, la fuente de donde todo proviene: la verdad fundamental que no es siempre agradable, pero es como es, y es como la vida lucha por permanecer. Si el hombre ha de arrojarse al suelo y dejar que la horda de las almas de los muertos siga de largo, o ha de sumarse como un Perchten a la grupo siniestro, será su decisión. Aunque la magia habita sólo en  el hombre que se adentre en los misterios de la muerte.

Behold! the rituals of the old time are black. Let the evil ones be cast away; let the good ones be purged by the prophet! Then shall this Knowledge go aright. — The Book of the Law

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